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Sección: Artículos | Fecha: 24 Enero de 2010

Samyama: una invitación a la paciencia

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En cada paso que se da en el camino del Yoga, existen algunas recomendaciones clásicas. Una de ellas aconseja paciencia al iniciar la práctica del Samyama, el estadio de los tres últimos niveles del sistema Astânga YogaDharana, atención; Dyana unión; y Samadhi, iluminación—, y del Raja Yoga, ya que si se anhela la trascendencia y la iluminación, el ego empezará a funcionar como un huracán, absorbiendo la energía que se ha refinado.

Practicar una postura hierática —sagrada— sin haber logrado previamente la maestría del “contacto” con las percepciones, descubrir el arte de “desconectar” y “deshacer tus nudos” emocionales, puede ser un buen camino para profundizarlos y complicarlos más, pues, sin ese dominio, se evita la liberación de la propia carga.

Meditación

La meditación es el primer escalón del Samyama; permite hacer presentes pequeños instantes de silencio. Al principio, serán experiencias fugaces, más tarde se volverán cotidianas, hasta que llega el momento en que se accede al silencio, a voluntad.

Tal práctica contrasta con el concepto de meditación que se tiene en occidente, el cual posee diversas interpretaciones, desde “aplicar el entendimiento a la consideración de una cosa”, hasta experiencias de “sonidos” y “luces”, provocados en ciertas prácticas de cierto misticismo elemental.

Concentración

La concentración, segundo escalón del Samyama, es la acción de penetrar en los objetos externos, sean o no iconos de la tradición, símbolos, objetos de arte, objetos utilitarios o de la naturaleza. En este escalón es esencial la presencia del Maestro, y la plena identidad del sí mismo. El Maestre Serge Reynaud de la Ferrière nos alerta en cómo acceder a esta práctica: “no es una acción de disolverse en el objeto, sino de penetrar en su vibración sin perder la identidad del sí mismo”.

Meditación y concentración constituyen aún una experiencia, al permitirnos acceder a un estado de vibración y, por lo tanto, de conciencia del sí mismo. Facilitan adquirir la habilidad para responder al medio, de acuerdo a cada circunstancia; permiten fluir. Asimismo, se adquiere una inteligencia cualitativamente diferente, porque ya no existen patrones determinados por la cultura o la educación que aprisionen, ni respuestas confeccionadas —introyectadas—. Cuando se devela al ser, la acción continúa: se tiene acceso al centro de sí mismo.

Paciencia, requisito de libertad

En la práctica, Samyama siempre actúa en la conciencia plena, de tal manera que evita estados de autosugestión o autohipnosis, y “… no puede ser obtenida sino por medio de una síntesis del saber y de la intuición, de la razón y de la sensación, de lo objetivo y de lo subjetivo” (R. de la Ferrière).

En síntesis, la paciencia es, pues, requisito para permitir la experiencia de la libertad de los citavritti, de las pasiones y los torbellinos mentales, algo diferente de la cultura y educación que hemos recibido: cierta tensión que exige resultados, beneficios, productos, satisfactores inmediatos ante cualquier esfuerzo. En la consciencia colectiva introyectamos que, ante cualquier reto, el mejor camino es el más corto.

La experiencia del Samyama trasciende la tendencia aprendida en la que nuestro ego marca el camino a seguir, ya que se busca la identidad del ser, de nuestro sí mismo.

Meditación Vippâsana

Dentro de las diversas tradiciones de las escuelas de meditación, la más conocida se llama Vippâsana, la cual es la más recomendable para lograr la sintonía entre las consciencias corporal, emocional y mental.

  1. La técnica se realiza caminando, con consciencia de cada movimiento del cuerpo, por pequeño que éste sea, con los ojos abiertos.
  2. Se puede caminar en círculo, en línea recta o regresando. Cada movimiento se realiza lentamente, en cámara lenta.
  3. Se debe observar cualquier estímulo exterior —formas, volúmenes, colores, olores, movimientos, sonidos, ruidos, etcétera—, sin involucrarse, evaluarlo o detenerlo.
  4. Camina lentamente, pero sin atender las percepciones, solo la respiración, el aire que entra y sale del cuerpo. Después, la atención se lleva al contacto de los pies con el piso.
  5. Pon atención en los latidos del corazón. Deja que el prana entre y toque tu corazón (del movimiento al corazón). Si es difícil, atiende la base la columna vertebral y, de ahí, el corazón.
  6. Percibe el aire que entra por la garganta. La respiración tiene que ser lenta y prolongada, sin forzarte en lo más mínimo.
  7. Cuando descubras que estás plenamente relajado, deja el prana invada todo el cuerpo. No se fija la atención en ningún punto; se deja pasar cualquier pensamiento; solamente se observa.
  8. El movimiento ha tomado un ritmo; se entran en un estado vibratorio especial. Vive la no experiencia de ti mismo.
  9. Camina de 20 a 30 minutos, después relájate recostado en el piso unos cinco minutos.

La técnica de Vipassana se puede realizarse de 20 a 60 minutos, con los ojos cerrados.

Para lograr el estado de meditación, hay que parar toda tensión, atención corporal, mental y emocional. Parar toda actividad es una experiencia íntima del ser, ontológica. La persona se despoja de ropajes; estás ahí, en el ser, en tu centro, totalmente relajado. Existe una línea sutil, una frontera, que atravesar sin perder tu plena identidad.

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